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Sobre Lo que no fue dicho de José Zuleta


No... esta imagen no es de Cali... es una sombra imaginaria de un episodio nocturno donde los desechos del día (y aquí son libros) acompañan a los habitantes de lo olvidado, de lo no dicho.
No... esta imagen no es de Cali... es una sombra imaginaria de un episodio nocturno donde los desechos del día (y aquí son libros) acompañan a los habitantes de lo olvidado, de lo no dicho.

De la ciudad de Calí tengo muy pocas y lejanas memorias. En mi temprana niñez viajé varias veces a Cali durante las vacaciones de fin de año/comienzo de año. Papá solía llevarnos a la feria de Manizales y en algunas ocasiones, creo, extendimos nuestro viaje a Cali, donde vivía uno de mis tíos, con su esposa y sus dos hijas. Hay recuerdos de un centro comercial con corredores al aire libre y macetones con palmeras... Hay recuerdos de una piscina de olas... Hay recuerdos de campos enormes que, en realidad, podrían estarse mezclando con estereotípicos pantallazos telenovelescos y arquetípicas escenas de cierta novela del siglo XIX.


También tengo lo que mi querida amiga –y extraordinaria poeta– Adriana Gordillo me cuenta de su ciudad, de los quiebres internos, de la lógica de sus desplazamientos, de las aventuras al Pacífico, de los farallones. Pero no me extiendo en esto, ya que será ella con sus palabras quien algún día pueda poner por escrito estas imágenes.


Y ahora tengo la forma en que la lectura de Lo que no fue dicho (2021) hermana a la ciudad y la región con una voz que finalmente logra rayar el silencio con sus trazos, convertidos finalmente en letra impresa gracias a la quinta edición de Seix Barral que llega a mis manos.


La obra se abre con un quiebre: la muerte de la madre, en la cual resuena la forma en que, a instancias del padre, el niño se separó de esa madre... para entonces compartir la vida privada de la abuela. Luego, el tiempo con el padre, desplegándose en una niñez que pasa por una Bogotá neblinosa en el recuerdo y luego un regreso a Cali y un periodo en Medellín... y así pasará una adolescencia donde los pequeños episodios de un muchacho cualquiera es caja de resonancia para la historia: la llegada a la luna, la historia de María, los intelectuales y las figuras públicas como Héctor Abad Gómez... y las lecturas sin fin.


Y entonces, el cuestionamiento al ideario revolucionario del padre que, resulta, coincide en el relato con el momento en que el joven se va de casa e inicia el periplo por sí solo.


Es aquí que quiero detener este texto. José encuentra en el ajedrez una manera de verse a sí mismo y de amar; una manera de encontrar una intersección entre ideas, personas y movimientos de un juego. Y entonces tenemos el comienzo del capítulo 20, que describe de la siguiente forma cómo encuentra la oscuridad de Cali:


"La noche de Cali. A la academia de ajedrez, que quedaba en la Calle del Pecado, llegaban los seres de la noche. Gente que vivía en edificios que alguna vez fueron casas que volvieron apartamentos y luego mutaron a bodegas, a locales, a hoteluchos de paso o de urgencia, que algunos convierten, primero en su circunstancia y, finalmente, en su hogar. Viejos jubilados, parejas tardías, ludópatas nocturnos, seres anónimos persisten en esos edificios. El fragor de la vida comercial no les permite vivir de día cuando la horda humana transforma el centro en un enjambre imposible. Entonces esperan a que la efervescente actividad cese. Cuando el comercio ha pasado los cerrojos, puesto los candados, y los vendedores ambulantes y todo lo ambulante se ha ido, el centro es un lugar posible. Primero suben de La Olla los recicladores llevándose como una marea alta y oscura los desechos del día. Luego salen las prostitutas de calle, los travestis –más atractivas que las prostitutas–, los jugadores de bingo, vendedoras de tinto, apartamenteros. . . . (Lo que no fue dicho 113)

Es una mirada de la noche... de lo que se nos oculta a quienes vivimos las ciudades en la seguridad de hogares claramente engullidos en los límites de la planeación residencial. Aquí Zuleta describe uno de esos sectores urbanos que sufren el abandono de sectores económicos y que se convierten en otra cosa... se convierten en espacios de tránsito durante el día y, por la noche, en espacios de lo desechado, de lo perdido o de lo criminal.


El "enjambre imposible" es el de esos transeúntes del comercio. Gente que viene para irse en seguida, obligando a que los que en realidad habitan ese espacio se retrotraígan antes de volver a aparecer cuando, finalmente, esas calles y esos edificios vuelven a ser "posibles".


La vida es posible allí... no la vida cuidadosamente organizada bajo regímenes de seguridad y segregación, sino la vida de lo que brota desde el deseo y la precariedad: la vida en el desorden de lo que el progreso ha ido dejando atrás... esos desechos que justamente laten en la profundidad de la armazón idearia de ese padre cuya casa el protagonista ha abandonado.


Quizás me valgo aquí de la obra de Zuleta para romantizar un tanto un tipo de vida que siempre me ha sido muy lejana; pero sin duda en el proceso de formación del sujeto que observamos en este texto ese espacio resulta fundamental para el paso a la adultez... una maduración brotando de una mirada inserta en el tipo de precariedad que viene de desgarramientos familiares como los aquí planteados por el escritor. No se trata de una ausencia total, sino más bien de rúpturas familiares subsanadas –acaso parcialmente– por presencias alternativas al padre y a la escuela.


Lo que sigue en el texto son temporadas en diferentes lugares: Gorgona y la población Mulatos en el Pacífico... España... Cali... Bogotá... Lisboa. Y de cualquiera de estas secciones podría haber escogido también una cita para comentar en este blog. Esta novela burbujea con momentos que se engarzan en nuestra manera de pensarnos a nosotros mismos, nuestros espacios, nuestros amores, nuestros temores, etc.


Quizás escogí la descripción de la Cali nocturna por ser algo que está muy alejado de mí... pero que, aún así, atrapó mi consciencia, obligándome a pensar en mi propia infancia concentrándome en dimensiones ocultas de los espacios que vi... dimensiones no dichas en mi vida hasta que las oígo en voz de mi amiga compatriota en Minnesota y hasta que las leo en el estilo de José Zuleta, mientras lucha contra el olvido.


Abril 4, 2026

Bogotá, D.C., Colombia

 
 
 

1 Comment


Al leer la cita de la noche caleña en el centro me quedé pensando en que quiero más libros con esas noches y esos recovecos. Cuando estoy de paso en nuestras ciudades siempre paso por el centro y apenas veo de lado esto que acá se describe. Pero siempre está presente, respirando; ahí.

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