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Sobre Melancolía de Jon Fosse


Fragmento de la pintura de la isla Borgøy, 1867... La pintura de Hertervig incluye, casi invisibles, un par de siluetas que se me antojan humanas en la cima... y abajo, los veleros. Y entre esa distancia y la mirada... hay como una tela blanca.
Fragmento de la pintura de la isla Borgøy, 1867... La pintura de Hertervig incluye, casi invisibles, un par de siluetas que se me antojan humanas en la cima... y abajo, los veleros. Y entre esa distancia y la mirada... hay como una tela blanca.

Lars Hertervig tenía unos 23 años cuando una broma malintencionada de sus colegas terminó en un colapso mental. Al menos esto es lo que se lee de su biografía en entradas de enciclopedia. También podemos encontrar que sus pinturas fueron reconocidas solo de manera póstuma y que, en realidad, el paisajista noruego terminó sus días en una pobreza tan marcada que no podía costearse el uso de materiales idóneos para su obra. Llama la atención en particular el que se mencione que debió recurrir a papeles ya usados y a pegar pedazos con el fin de lograr sus pinturas.


El enigma de este personaje ocupa el primer plano de dos de las cuatro partes que constituyen la novela Melancolía, del noruego Jon Fosse –quien recibió el Premio Nóbel en el año 2023–. Las otras dos partes se ocupan de la supervivencia de dicho enigma más allá de su muerte. La tercera sección de la narrativa sigue el impacto de esta vida en un escritor llamado Vidme en 1991. La cuarta sección ("Melancolía II") sigue a Oline, hermana ficticia de Hertervig en su último día de vida mientras recuerda su niñez junto a Lars y un extraño episodio en el que junto al padre descienden hacia un bote en la isla Borgøy.


Leer Melancolía no es recorrer la información de la biografía del pintor... es más bien una experiencia alrededor de una serie de episodios biográficos ficcionalizados. El lenguaje de Fosse no se propone la construcción psicologista, ni la meticulosa formulación de un mundo creíble en el que una serie de experiencias y condiciones causan la caída del pintor Hertervig... y su póstumo reconocimiento. Antes bien, el estilo parece armarse alrededor de un rítmico juego de repeticiones que el autor ha trabajado de forma tal que no resulten aburridoras ni pretensiosas.


(Este juego ha logrado transmitirse en la traducción de Ana Sofía Pascual Pape)


Al navegar el internet en busca de reseñas de la novela, encontré alguna mención escueta al estilo como "fluir de la conciencia". Sin duda, la obra parece adoptar un obsesivo seguimiento del presente... pero no propiamente como lo hiciera el modernismo europeo y norteamericano. Puedo equivocarme, pero a mí el estilo de Fosse en esta novela me hace pensar más bien en algo diferente a un flujo... creo que parece más un asedio de una idea, una imagen fijas.


Lars Hertervig insiste en su nombre... persiste en la importancia de que su mentor Gude evalúe su trabajo... repite que él sí sabe pintar... no, como esos compañeros suyos en Düsseldorf que no saben pintar... e invoca insistentemente a Helene Winckelmann, la joven hija –demasiado joven– de la mujer a quien renta una habitación en Düsseldorf. La terca y obstinada fijación del personaje acaso queda así implícitamente vinculada a su manera de ver el paisaje y de reproducirlo.


En últimas, el juego verbal de la novela –creo– es un signo de un régimen visual obsesivo, donde lo visto pareciera nunca dejar de ser visto y vuelve a caer sobre el presente empujando la acción a un trasfondo tan desleído como la silueta de dos humanos en la cima de un fiordo, vistos desde una enorme distancia.


Acaso en esa persistencia insistente de ver en el presente, la realidad misma le revela sus costuras... el truco que une lo que en realidad no es más que un canvas insustancial... sin seres ni individualidades... solo una tela.


Al ver/recordar/re-presentar-se a Helene, la voz de Hertervig se pierde en algo que emerge y amenaza todo:

"Y yo te miro, y veo tu vestido blanco que empieza a convertirse en algo blanco, tu vestido se convierte en algo blanco que empieza a moverse, tu vestido, y entonces lo blanco se mueve hacia mí, lo blanco se acerca y entonces veo una tela blanca y negra delante de mí, y la tela se mueve hacia mí, de pronto se aleja. Y entonces se divide . . . Las telas son de color blanco, de color negro. Las telas se mueven hacia mí, luego se alejan. Las telas se mueven, no paran de moverse, y se acercan a mí. . . . Y las telas se desplazan hacia mi rostro, hacia mi boca, las telas rozan mis labios. Tengo que irme, dices tú. Y la tela intenta meterse en mi boca. Me llevo la mano a la boca, quiero sacarme la tela, ¡porque tengo que sacarme la tela de la boca, tengo que hacerlo! . . . Las telas desaparecen. Solo las telas. Desaparecen. La tela blanca desaparece y quiero agarrarla, y allí está, casi, pero justo cuando me dispongo a agarrarla, desaparece y ya no hay tela." (Melancolía 25-26)

Este momento no despliega un estilo diferente al del resto de los eventos de la novela. Todos, incluso los que siguen al escritor Vidme y a la hermana Oline, todos reproducen este estilo de segmentos verbales unidos más por la suavidad de la coma... y por la dureza de repetir la misma exacta palabra varias veces.


Es un recurso que desafía justamente uno de esos consejos tan comunes que se le dan a los jóvenes al escribir: evitar la redundancia, evitar la repetición innecesaria y evitar la cacofonía. Pero aquí Fosse consigue que sea justamente esa repetición y la coma las que llevan el peso del presente y de la obsesión.


Uno queda envuelto por el estilo, al menos yo quedo envuelto y como embrujado al leer, y cuando leí el fragmento citado arriba quedé particularmente intrigado, quedé con una idea, una idea rara, una idea que a ver si puedo decir, y puedo decirla, creo, así: leí a Hertervig viendo las telas emerger de la visión de la amada y de la visión de la amada las telas son todo, son la realidad, y esa realidad es la palabra y yo lo que leo es esa palabra que es la realidad donde Hertervig vive.

12 de abril de 2026

Bogotá, D.C.

 
 
 

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