- Carlos Mejia
- 4 days ago
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Recientemente tuve la oportunidad de reseñar un excelente estudio sobre la producción cultural colombiana (y sobre Colombia) y el uso de la violencia como estrategia de mercadeo de los mismos. Se trata de La condición colombiana de Alejandro Herrero-Olaizola. En este texto, se dedica todo un capítulo a la literatura de viajes sobre Colombia: personajes que escriben sobre sus viajes por el país, jugando en la construcción de sus textos con los imaginarios pre-establecidos acerca de la violencia, con la memoria y la identidad personal, así como con las experiencias mismas del viaje.
Al escribir este blog, pienso en una cita de Tim Youngs que Herrero-Olaizola incluye en su estudio: "[La escritura de viajes] arroja luz sobre cómo nos definimos a nosotros mismos y cómo identificamos a otros. Su construcción de nuestro sentido de "yo", "tú", "nosotros" o ellos opera a nivela individual y nacional, así como en los ámbitos de la psicología, la sociedad y la economía." (Herrero-Olaizola 140)
Leer La región subterránea supone un juego oscilante entre un universo personal de memorias que estallan de manera repentina y una serie de territorios internacionales que se colapsan hacia los referentes de conocimiento previo del viajero protagonista; todo esto, mientras irrumpen los índices fotográficos que conectan de manera flexible lo narrado y al autor (quien, en efecto, tomó las fotografías).
Editorial Zaíno publica La región subterránea en 2025, un momento en el que continuamos oyendo sobre la guerra entre Rusia y Ucrania... un momento en el que –por razones personales que no vienen al caso– yo mismo pasaba por mi propia obsesión por estudiar acerca de ese territorio clave en la novela que es Siberia. Es también un momento en el que yo mismo pasé algún tiempo en Berlín, lugar donde la novela comienza... más específicamente, ese monumento obligado para el visitante: el Monumento a los judíos asesinados de Europa.
Es un poco espeluznante leer este episodio en el que el protagonista le toma una fotografía a niños que pasan fugaces, jugando entre las estructuras del monumento, creando siluetas fantasmales... y saber que yo mismo tuve esa impresión de ir caminando solo allí, pero oyendo las voces de otros que apenas veo por unos segundos antes de que desaparezcan.
Yo relaciono estos niños con la soledad de mi llegada a Berlín y la deuda que guardaba con la ciudad después de no haber visitado este monumento durante mi primera visita en 2020; Donoso crea en su narrador una conexión entre esos niños y la primera vez que bebió alcohol... y de allí toda una deriva que prefigura la delicada armazón en filigrana de relatos de viajes, historia de la religión, geografías limítrofes, territorios remotos y desconocidos, y memorias personales.
Es este el momento sobre el que quiero fijar mi atención. Después de esa infantil experiencia con dos cervezas a instancias de dos primos, nuestro protagonista, este "falso Dimitri" –nombre que conecta al personaje-narrador con la historia rusa–, es llevado a un paseo por los cerros orientales de Bogotá, entre volqueteros. Los primos le preguntan al niño cómo se siente después de su primera borrachera. Donoso elabora una preciosa imagen:
"Yo era un niño atmosférico de clase media en un paisaje de hierro y silencio, con los sentidos amodorrados, pero puros y abiertos a ese territorio de mutismo religioso y devastación, tan parecido a Siberia, el páramo donde viví mi infancia, la geografía que moldeó mi percepción. De aquellos primeros años, cuando mi madre me hablaba de una estepa tan extensa que se podía ver desde el espacio, también llamada Siberia, proviene mi inquietud por ese lugar tan extraño como lejano, y del que sólo sabía que se llamaba Rusia." (Donoso 15)
Y más adelante en ese mismo paseo por los cerros, al probar el guarapo junto a un grupo de volqueteros:
"Ese líquido sí era refrescante, sanaba más que el agua. Miré hacia la ciudad y una avalancha de luz venía devorándolo todo. Era el delirio. El camino reflectante y pedregoso del perdón." (Donoso 16)
Si bien uno podría pensar que La región subterránea carece de una trama específica organizada alrededor de un conflicto específico, lo cierto es que la acción –con todas sus multiformes aristas– gira en torno a desentrañar este tipo de sensaciones asociadas con la embriaguez, ya sea causada por algo que se ingiere o por algo del ambiente que se cuela al ser a través del "estar ahí"... a través de esa enrarecida articulación entre el espacio, la experiencia presente y la memoria.
En los pasajes arriba citados el espacio forma múltiples pliegues a partir de la experiencia humana y su transformación en escritura. Berlín se pliega hacia los cerros de Bogotá, los cerros se pliegan hacia el poblado Siberia (en donde creció el protagonista narrador)... y ese Siberia se pliega en la Siberia rusa. El nombre de esa articulación es "el espectro"... ese manchón de luz registrado por la cámara del personaje y que se fuga a otros lugares y momentos gracias al peso de lo monumental.
Debo confesar que a mí el "fantasma" derridiano me ha cansado un poco, con su juguetona manera de diluir lo sobrenatural en una especie de deconstrucción lingüística, en últimas, instrumentalizada para contemplar de frente al invocado "marxismo" ... pero este "espectro", el que encuentro en la novela de Juan Nicolás Donoso es un juego estéticamente logrado (no cerrado, ni por completo calculado) en los puntos donde los más o menos disímiles lugares y momentos de nuestro existir convergen y nos reconcilian con quiénes somos.
Marzo 22, 2026
Bogotá D.C, Colombia



Hola Carlos,
Me quedé pensando en cómo describías la foto que el protagonista le toma a unos niños en Berlín durante su visita al Monumento a los judíos de Europa. Tú lo describías como "espeluznante", y yo también, pero por motivos diferentes. Tú hablabas de las siluetas y de los movimientos fugaces, como de fantasmas, y del temor que eso despierta. Por otro lado, mi temor, que no comenté con nadie, radicaba en el mero hecho de fotografiar; yo sentía y siento -por puro pensamiento mágico- que un lugar como ese no debe ser fotografiado, ni visitado como atracción turística, aunque los niños de la foto e infinidades de turistas se opongan a ello. Rechacé inicialmente que se tomaran fotos…