- Carlos Mejia
- 2 days ago
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Es una paradoja. El cosmopolita se siente constreñido por las paredes de su localidad inmediata. El cosmpolita desde franquear esas fronteras que dibujan la silueta de su origen. Y al lograr seguir ese impulso, se arroja al mundo y en cada nueva localidad esas paredes se vuelven a erigir; pero con cada nuevo franqueamiento y reificación de las paredes de lo local, siente una pérdida... hay relaciones que se quedaron en el tintero, sin cristalizarse por completo. Y si ese cosmopolita es un artista (pintor, escritor, cineasta, etc), la gran y definitiva paradoja es que plasmar esa dinámica lo deja en un estado de estupefacción creativa.
Creo que esto es lo que late en el fondo del juego narrativo que Sergio Pitol propuso ya en 1972, al publicar El Tañido de una flauta, y que he leído esta semana... sintiendo acaso el arrastre de mis propias inseguridades con respecto a los fluctuantes estados de pertenencia que he experimentado a lo largo de mi propia vida.
Un cineasta que nunca se convierte completamente en tal, ve su breve amistad de juventud con un escritor de nombre Carlos (escritor que dura toda la vida tratando de escribir su gran novela) diluirse en las distancias: Londres, México, Nueva York, Venecia, Belgrado, Dubrovnik... cartas que se van quedando sin respuestas. Y silencio. En una de sus últimas interacciones el cineasta recuerda a Carlos interactuar con algunos clientes de un bar y explicarles las imposibilidades de la comunicación. Carlos le diría después a su amigo cineasta:
"Si pudiera saber qué pasa en el interior de esta gente . . . cómo se organizan en su mente los datos visibles del mundo . . . habría logrado entender el sentido de la existencia" . . .
A lo cual su amigo replica interrumpiéndolo:
"Ni siquiera sabes extraerle tañidos a una flauta y pretendes saber lo que es el hombre.
"-¡Idiota, en la ignorancia de una cita, abstente." (El tañido de una flauta 212)
Episodio fascinante de la tensión entre estos amigos que se han convertido en extraños. En un episodio anterior, cuando el cineasta encuentra al escritor entregado a una vida improductiva y paralizada en Londres, le reclama e intenta redirigirlo, Carlos le responde recitando el fragmento de Hamlet en que el príncipe se resiste a las manipulaciones de Guildenstern acusándolo de intentar tañerlo como a una flauta. En el episodio arriba citado, Carlos no sólo le recuerda a su amigo que ya la primera vez había olvidado la procedencia de la cita, sino que en esta vez erra por completo su significado.
Algo no cristaliza en el escritor. El mundo. No cristaliza porque la única esperanza ante las pulsiones que lo arrastran por las corrientes cosmopolitas es la pulverización... los pedacitos. Y su amistad con el cineasta es solo un pedacito que no puede convertirse en instrumento capaz de producir armonías o melodías. El lector se encuentra en El tañido de una flauta con un texto de fragmentos que parecieran cristalizar, pero que se van colpasando entre el silenciamiento de los sujetos de la acción en cada capítulo, la temporalidad irrastreable en sus detalles y la referencialidad que se va cayendo en un abismo de personajes perdidos en el ansia de una imposible completud.






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