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El diablo que el colono blanco invocaba, achacándole a esclavos y a aborígenes tal intención
El diablo que el colono blanco invocaba, achacándole a esclavos y a aborígenes tal intención

Gracias a estudios como Calibán y la bruja de Silvia Federici, tengo muy presente la relación que existe entre la diseminación del capitalismo temprano, la eliminación de territorios comunitarios, la persecusión del conocimiento hierbatero de muchas mujeres bajo la insignia de la brujería y la demonización de "otros" racializados en las tierras del llamado "nuevo mundo".


Cabe con frecuencia pensar de manera idealizada en esos conocimientos perseguidos, pero debemos considerarlos en el contexto de sus prácticas. En particular, aquí me ocupa considerar la problemática dualidad racializada en la que los esclavos oscilan entre víctimas inocentes sin agencia y victimarios poseídos por fuerzas demoniacas.


Esta dualidad maniquea es una imposición que permea la cautivante novela Yo, Tituba, la bruja negra de Salem (1986), de Maryse Condé. La escritora construye un relato que nos permite apreciar los matices del ambiente en el que surge Tituba: la sujeción de sus padres, la terrible ejecución de su madre, el encuentro con una sanadora que la acoge como hija -y a la que, obviamente, se refieren como bruja en los alrededores-, la presencia de los muertos, el complejo proceso de relocalización de prácticas culturales africanas en el entorno natural antillano; las resistencias y los servicios que unen a estas sanadoras con los demás pobladores de su isla.


Al ser trasladada a colonias norteamericanas, Tituba desarrolla vínculos cercanos con la familia que la ha comprado y provee algunos rituales de protección a las niñas; rituales estos que son malinterpretados y conducen a que la acusen de brujería cuando se reubican a la población de Salem. Niñas comienzan a atestiguar que Tituba ha enviado a un demonio a que las torture. Capturada, la mujer es llevada a una celda en la que otra prisionera, Hester, la educa sobre esas creencias de los "blancos"... en particular, las creencias relacionadas con el diablo.


Es ante la precariedad de su situación que Tituba se encuentra con el muro infranqueable de esos "blancos" que ya tiene una idea muy formada de lo que ella hace... de su crimen. Y ante ese odio... gracias a Hester, Tituba comprende que su posición en el sistema, curiosamente, ahora le provee la oportunidad de la venganza, de un tipo de retribución. La escritora consigue construir una motivación para que Tituba actúe dentro de los confines del sistema y, a la vez, franquearlos por medio del engaño. No se trata de una decisión idealizada o heróica; se trata de una decisión desesperada y que no deja de atormentar al personaje.

Delatar... mentir... pero Hester sugiere ser estratégica al respecto.

"¡Delatar, delatar! Si lo haces, corres el riesgo de volverte como ellos, que tienen el corazón podrido. Si sabes exactamente quién te ha perjudicado y te apetece vengarte, ¡hazlo! De lo contrario, deja que la sombra de la duda planee sobre ellos. Créeme, ellos ya se ocuparán de disparla como más les convega. Pero cuando creas que es el mejor momento, asegúrate de gritar: '¡Ay, no veo nada! ¡Ay, me he quedado ciega!' Y listo." (Yo, Tituba. . . 169)

Aunque Tituba procede a referir que acusará a dos mujeres que la acusaron el falso ... y a pesar de que Hester le sugiere desviar las acusaciones hacia un "hombre negro"... al leer en el capítulo siguiente el texto del interrogatorio descubrimos que Tituba ha encontrado el tipo de sombra que arrojará sobre la comunidad de Salem... menciona a las mujeres que la han difamado como acompañantes del demonio, pero además describe que todo lo maneja un hombre blanco proveniente de Boston.


Maryse Condé informa al final del capítulo del interrogatorio a Tituba, en una nota al pie de página, que la declaración ha sido tomada literalmente de archivos. La ficción y la historia se contemplan en este punto. El momento de acusación de Tituba se ha integrado a un tejido de toma de decisión que, aunque es ficticio, reconoce la intersección de presiones que recaen sobre la antillana.


Así, se le da lugar a la posibilidad de que esa vaga descripción del principal acólito del diablo ("un hombre blanco de Boston") sea una forma de manipular la propia desventaja en la que se encuentra la mujer, para sembrar semillas de duda capaces de regarse justamente entre aquellos que tiran de los hilos del poder en su proceso.


La maravilla de esta novela radica en la cuidadosa creación de este proceso de toma de decisión, anclándolo en la opresión del sistema, pero también en los vínculos afectivos que atraviesan a todos en esa sociedad estratificada y desigual.


Sin caer en la idealización ni en la exotización, ni en el pesimismo absoluto, ni en el melodrama, Yo, Tituba, la bruja negra de Salem es en últimas una historia que nos confronta con la incómoda mezcla de lo hermoso y lo terrible, de lo entrañable y lo despreciable, de lo injusto y lo que es resistente a la injusticia. Lugares, espacios, personajes, creencias, todo está atravesado por esta amalgama donde se diluyen las ideas prefiguradas y se desarman las convenciones naturalizadas.


Todas estas combinaciones se aterrizan en la vida de esta mujer en la que este episodio de Salem es central, pero –como apreciará quien lea la obra– dista mucho de ser lo que define la rica vida interior de su protagonista (entiéndose por vida interior esa constelación de afectos, pensamientos, dudas, reflexiones que la habitan).


Esta novela ha sido una de las lecturas más gozosas (en el sentido más amplío de lo que es el gozo estético) que he podido realizar.


Bogotá, febrero 24 de 2026

 
 
 

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