- Carlos Mejia
- Mar 2
- 5 min read

Viviendo en la ciudad, ¿cuál referente puede tener para lo que es vivir en la selva?... ¿o para perderse en ella? Está el juego ese de azar en el que Arturo Cova en La vorágine perdió el corazón a manos de la violencia... o están los pasajes de Cien años de soledad en que José Arcadio Buendía se pierde para dar con el lugar de fundación de su soñado Macondo.
También puede uno usar como referencia las imágenes e historias que documentales, películas de ficción y series de televisión han puesto ante nuestros ojos. Y al final uno cierra el libro, sale de la sala de cine o apaga el televisor. También puede ser que uno conozca a alguien que ha viajado a la selva y habla de ella con expresiones que uno olvida unos días después de la conversación.
Algunos de nosotros, no yo, han viajado o han vivido en la selva... y conocen eso que debería estar en esta frase, pero que no puedo poner porque sería una impostura de mi parte: un hombre en sus entrados 40s que no es muy propicio al escape rural, que no ha visitado la selva. Pero puedo decir que esos espacios inspiran en mí un respeto enorme: abruman las capacidades de mi lenguaje e imaginación... y, de alguna forma, siento que sólo puedo vivir ese respeto manteniendo mi distancia y reconociéndoles la importancia de su existencia.
Recientemente leí la más reciente novela del autor colombiano Evelio Rosero, Lluvia de frailes en la selva. En esta novela, un grupo de frailes es enviado a la selva colombiana para hacer contacto con un grupo aborigen, los Uao. Este contacto tiene como propósito evitar el inicio de una operación militar en su contra; operación que permitiría la explotación petrolera en la región. La obra sigue a personajes como el milagroso fraile Mardoqueo Vanín, los menos santos Sanpedro y Santángel, las monjas Dídima, Púrpura, guías locales como Eusebio Zas, el hijo de una aparecida... así como a sus enemigos, quizás el más llamativo entre ellos es el general Máximo Agrícola.
Muy dentro del estilo propio de Evelio Rosero, la novela se presenta como una sátira carnavalesca, donde los nombres de los personajes son clave para entender el tono caricaturesco que atraviesa la acción de la obra. Al leer esta novela, yo tenía la impresión de encontrarme ante una comparsa burlona que, por accidente, cae en la selva y allí los vestidos y las cosas son absorbidas y reapropiadas por esa selva que ya ha pasado por tantas reimaginaciones exhuberantes, aterradoras, idealizadas, romantizadas.
En este caso, los frailes y los militares son figuras de autoridad absorbidas en los laberintos voraces de lo remoto... pero no es tragedia ni aventura a cabalidad; se trata más bien del cómico absurdo de dominio y salvación que guía a las figuras de autoridad al penetrar estos espacios.
La acción presenta amenazas de la selva en la forma de bestias acechando desde las aguas, toros repentinos, jaguares en las ramas, enormes serpientes dentellando desde las raíces, subiendas de los cauces del río, tremendales inmovilizantes. Estas amenazas constituyen el grueso del ambiente representado y, a sus extremos, se encuentran, por un lado, los apoyos proporcionados por la iglesia, por el otro, la meta de hacer contacto con los Uao.
El absurdo al que se enfrenta esta lluvia de frailes en la selva es que, en medio de las amenazas de ese espacio, las ayudas proporcionadas y la meta buscada resultan irrelevantes. La iglesia ha enviado un montón de objetos inservibles... no por falta de conocimiento de lo que es estar en la selva, sino más bien por una especie de crueldad incomprensible: biblias, patitos de ule y todo tipo de objetos que, se supone, deberían atraer la atención de los Uao y hacerlos susceptibles al propósito catequizador de sus ángeles salvadores.
Pero aquí quiero concentrarme brevemente en el absurdo relacionado con la meta de encontrar a los Uao. Y para esto, a continuación se encuentran algunos spoliers de lo que ocurre con uno de los personajes en la obra, así que, un lector que no quiera enterarse de más, debería aquí detener la lectura.
O no... creo que Lluvia de frailes en la selva es una de esas obras en la que a uno lo atrapa más el mecanismo de la narración, que la curiosidad del "qué va a pasar?"... En fin. Continúo...
Desperdigados por la selva, los frailes mueren, pierden el camino, se convierten en dobles de onzas saltarramas, naufragan por el río dejando que las aguas los lleven. Esto último es lo que ocurre con la pura madre Dídima, el rubio fraile Santángel y el guía Eusebio Zas. En algún punto, se encuentran con "una multitud de indios" en "el alma de la arboleda"... Zas y Dídima se muestran prevenidos y atemorizados, pero...
"[m]uy al contrario el rubio Santángel dio un paso, y otro, y otro más en dirección a los indios. Ya no distinguían su cara, pero era de suponer que seguía con su amplia sonrisa iluminada. Dídima y Zas lo vieron convocar con los brazos a los indios, como un saludo a todos, o la inminencia de un abrazo. Después lo vieron empezar a desnudarse, con lenta resolución . . .
. . . Desnudo y plácido dio su acostumbrado paso como de baile y se fue hasta la línea de árboles donde aguardaban los indios y extendió las manos a ellos, y las otras manos tocaron sus manos, lo recibieron, y los otros cuerpos se cerraron detrás de su cuerpo y con ellos desapareció." (Rosero 226-27)
Este pasaje revela al personaje que en toda la obra resulta establecer contacto más cercano con un grupo aborigen. No sabemos si se trata efectivamente de los Uao, sin embargo.
La escena nos presenta a Santángel despojándose de los atavíos que resultan ridículos en el contexto de la selva, haciendo caso omiso a las prevenciones del guía y, finalmente, siendo rodeado por completo por ellos... ese "sus cuerpos se cerraron" sugiere una especie de ingesta metafórica, como si lo recibieran y se lo apropiaran. Es notable que este movimiento siga al instante en que las manos se juntan.
Así como la selva para mí es algo que viene filtrado por mi perspectiva (formada por lo mediático)... así también el significado de este momento de contacto queda presentado de manera vaga e irresuelta en la novela. Para el guía Zas y para Dídima hay una especie de ingenuidad en el joven, que adivinan en el hecho de que adivinaban que él avanzaba con una "sonrisa iluminada"... la sonrisa acaso de alguien que cree haber encontrado la respuesta, la revelación. Más adelante, él les hará ver su rostro
". . . aureolado de sonrisa beatífica, los ojos brillantes de fe." (Rosero 227)
Resulta claro en este momento que la meta de la misión de los frailes solo es ejecutable si se renuncia al éxito. Siendo Santángel el único en establecer contacto, se nos revela que tanto el énfasis en la etnia específica como en el entrucamiento de sus creencias son irrisorias empresas frente al contacto que se entrega, que se deja ir ... para desaparecer con ellos. Los detalles proporcionados en el capítulo final (y referentes al destino de los demás personajes, no el de Santángel) pone en evidencia la continuidad de ese carnaval burlesco que es la historia de la colonización de los espacios de la selva.
Y bueno, cerré otro libro donde aparece la selva como escena y acción, como revelación y amenaza, como ojos que, voraces, vigilan desde la sombra. En este, tuve una sensación similar a ver el final de cierto carnaval que, en Cien años de soledad, termina con la descripción de la violencia ejecutada en cuerpos humanos que quedan escondidos debajo de los disfraces de una comparsa.
Bogotá, 2 de marzo de 2026



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