- Carlos Mejia
- Mar 12
- 5 min read
SOBRE EL SONIDO DEL RUGIDO DE LA ONZA DE MICHELINY VERUNSCHK

Debe ser una sacudida extrema verse obligada a desplazarse fuera del hogar selvático y, entonces, a vivir en esos raros espacios donde las casas se creen más que los árboles y donde la piedra no yace en el orden del caos sino en el caos del orden humano. Es este desplazamiento el punto central de la novela de la brasileña Micheliny Verunschk.
Me llega el texto en traducción de Rodolfo Alpízar Castillo... pero, aún antes de la traducción realizada por Elefanta editorial, ya la novela es una traducción de las realidades y cosmogonías de la etnia miranha (parte de la familia lingüística Bora-Uitoto). El texto no es una narración que pretenda ubicarse en esa circunstancia de manera ingénua, sino que antes de bien se basa en una puesta en abismo de los diferentes filtros por los que nos llega la historia: la cosmogonía miranha, la historia de Iñe-e, la historia de Martius, la voz del río Isar contando su historia y una narradora, Josefa, en cuyas experiencias convergen los vestigios materiales de esas otras historias.
El punto de esta composición yace en la naturaleza de los puntos de contacto entre las experiencias y las perspectivas. Cuando Josefa ve las fotografías de los niños Iñe-e y Juri, nos encontramos ante un contacto por medio de la luz, un contacto que conmueve e invoca la creación. El punto de origen de nuestra protagonista, Iñe-e, no es otro que el punto de contacto con la onza, como su espíritu animal; contacto que resulta en el desprecio de su padre y la eventual entrega a los científicos exploradores Martius y Spix. El punto de giro de la historia que conduce al desenlace es el contacto de los niños con el aire, el frío, el agua, la tierra lejanas, por allá por Múnich.
Creo que es de esta insistencia en el contacto como un abanico de conexiones tangibles, lumínicas... y de sonido, de donde proviene el pleonasmo del título de la novela "El sonido del rugido de la onza"... el rugido es un sonido, uno podría pensar. Pero al incluir la palabra "sonido" –creo– Verunschk enfatiza que el rugido no es simplemente una emisión sónica del animal, sino que se trata de un contacto... es un sonido en el aire y entramos en contacto con él. Se enfatiza el medio en el cual la onza y el humano entran en contacto.
En la novela de Verunschk el aire está lleno de estas vibraciones, lenguas por millones esperando a que entremos en contacto con ellas. Se destaca el capítulo XV, en el cual la voz del río Isar, en Múnich, le narra su historia a Iñe-e. Su historia acoge la pequeñez de las aspiraciones de los reyes y los ve sumergirse, ahogarse, desaparecer.
Este mundo de contactos que trascienden lo material, sin embargo, es testigo de la hegemonía de un cientificismo frío que se basa en la superioridad racial y en el desplazamiento forzado. Quiero concentrarme brevemente en el capítulo X, en el que se narra la dureza del desgarre implicado en la sujeción de los objetos de estudio al desplazamiento trasatlántico:
"La travesía del mar para los prisioneros era una cosa totalmente diferente d elo que era para los científicos, muy a pesar de que para unos y otros fuera conflictiva. Para Spix y Martius, se transportaba un jardín de maravillas, un terrario preparado con cuidado, y que trasplantaban, fervorosos, reverentes, para deleite de los hombres, mujeres y niños de su pueblo. Para regalo propio, de otros estudiosos y de su rey. Para los niños y los animales llevados contra su voluntad, al contrario, todo aquello era una desgarradura profunda, inflamada. Gritos afligidos parecían resonar los truenos que despedían bolas imposibles de fuego y agua sobre la embarcación. Enfermaban. Pasaban hambre y sed. Por órdenes expresas del capitán, toda agua y toda ración eran restringidas a porciones ínfimas, muy a pesar de que las provisiones de los científicos hubieran sido pagadas y llevadas por ellos mismos para su consumo, el de los niños, de los animales vivos y de las plantas." (El sonido del rugido de la onza 44)
Este episodio funciona como condensación del problema relacionado con esos puntos de contacto al rededor de los cuales se arma la novela. Se llama la atención a la coincidencia de seres diversos en un medio donde unos y otros se afectan altamente. Aquí, concentrados en un barco y sometidos a rígidas condiciones de supervivencia, y aún más rígidas reglas jerárquicas.
El barco es como un microcosmos de medio ambiente específicamente propio de los viajes coloniales. En él, cada ser constituye un vector de fuerzas directamente relacionado con el poder que detentan. Para unos, este medio es la vía por la cual llevan su éxito a casa. Para otros, este medio es la condición de definitiva vulnerabilidad que los va a acompañar incluso después del viaje, si lo sobreviven.
La voz narradora adopta, sin embargo, la perspectiva cosmogónica de Iñe-e y se concentra en la huella que deja el desgarre de lo trasplantado, aprisionado, convertido en objeto de estudio... se trata de espíritus que
"no eran desencantados, porque en ellos no había rigidez, inmovilidad; eran materia fina, inflada, con ojos enormes y atentos a todo . . . no era a los barcos . . . que aquellos espíritus estaban atados. Ellos estaban . . . atados a los científicos, que, sin saberlo, arrastraban los hilos de aquellas almas a donde quiera que fueran o estuvieran. Iñe-e no los veía, pero los presentía observando los días de los vivos . . . " (El sonido del rugido de la onza 46)
Hay una lógica a este medio colonial que trasciende a la dominación colonial. Se trata de una afectación que se queda con quienes creen haber triunfado. Se trata de un asedio de lo dominado, de aquello que deja en el aire la impronta de su pérdida y de su afán por recuperar la libertad ... por volver a entrar en contacto con esos espacios donde los árboles dominan a las casas y el orden de las piedras tan solo permite a los hombres un temporal reordenamiento.
El lector encontrará en El sonido del rugido de la onza a una Iñe-e que es enorme porque habla con todo, incluso con la narradora por medio de una fotografía. En cierta forma, esa perspectiva le plantea a la autora seguir un juego de estructuración estética que es altamente reflexivo y provocador. Y si el lector se permite el juego de las últimas tres páginas de la obra, podrá verlo todo como una aldea hecha con textos escritos, tradiciones orales, entrevistas, cultura visual... todo dispuesto como una aldea de madera, trenzada y tierra apisonada.
Marzo 12, 2026
Bogotá, DC, Colombia



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