- Carlos Mejia
- Jun 28
- 5 min read
ES TIEMPO.
Reflexión sobre Tokio, estación de Ueno de Yū Miri

Debo confesar una cierta decepción al notar algunas tendencias contemporáneas en la narración. No he medido rigurosamente qué tanto se usan, ni las he comparado con sus usos en el pasado, pero he decidido darle voz a esta impresión muy personal ... muy circunstancial (mi propia circunstancia de usar mi año sabático para revisar tendencias literarias en la narración latinoamericana - y ponerme al día con la escritura de autores contemporáneos galardonados mundialmente).
La autoficción. Solo diré que no pude con la narrativa de Ariana Harwicz.
El uso del tiempo presente en la narración novelística.
Y no, no es que pueda decir que hay algo intrínsecamente mal en estas tendencias... es, quizás, el simple hecho de que sean tendencias tan diseminadas que uno comienza a no preguntarse el por qué de la misma. ¿Por qué se usa esa estrategia?
Aquí viene la lectura que me hizo pensar en esa pregunta con la que terminé el párrafo anterior. Se trata de Tokio, estación de Ueno, de la japonesa –de ascencencia coreana –, Yū Miri. Desconozco la estructura básica de los tiempos verbales en japonés, pero si la traductora Tana Ōshima –en la edición de Impedimenta –intenta comunicar algo de la esencia del relato original, esta novela realmente requiere que el lector se las vea con un viaje temporal que corresponde a las memorias del pasado y la voz en presente desde la que se narra fantasmalmente una vida que abarca desde la segunda guerra mundial hasta comienzos del siglo XXI... y un poco más allá, hacia 2011 –cuando el eco de un fallecido cierra el texto con una visión del Tsunami –y 2020.
La novela es atravesada por la desposesión y la pérdida como formas del trabajo de vivir... y, más que eso, de existir. En el epílogo, la autora explica su investigación entre habitantes de calle en la plaza de Ueno y cómo uno de ellos dibuja en el aire con sus manos un techo. Con esa imagen ausente del tejado, el hombre le recuerda a la escritora que
"Tú tienes, nosotros no tenemos. Los que tienen no pueden entender cómo nos sentimos los que no tenemos." (Tokio, estación de Ueno 182)
Nuestro protagonista, Kuzo, experimentó en Fukushima una infancia de precariedades tras el impacto de la derrota japonesa al final de la segunda guerra mundial, una juventud en que se desplaza a Tokio para trabajar en la construcción de infraestructura para los Juegos Olímpicos y una adultez en la que se ve obligado a vivir lejos de su familia para continuar proveyendo desde la distancia... hasta que en la década de 1980 pierde a su hijo Kōichi. Después de esto, se va a vivir con su nieta Mari (hija de Yoko)... pero decide abandonarla. Desde entonces, vive como habitante de calle en la estación de Ueno. Allí establecerá nuevos vínculos y relaciones alrededor del bar Shisekai. De igual manera, la exhibición de rosas de Redoute (del siglo XIX) ocurrida en 2012 servirá como guía para irnos llevando a través de algunos de sus recuerdos.
Este suscinto resumen no hace justicia a la historia del personaje, pero es que esta es una novela que está en los detalles cotidianos, en los rituales que acompañan cada paso y la triste pero rica vida interior del personaje. El comienzo del relato es sumamente diciente. No por la acción, sino por la carga emocional y reflexiva que se irá levantando por las mareas de la historia personal, nacional, mundial.
"Vuelvo a oír aquel ruido. Aquel ruido... Lo estoy oyendo. Pero no sé si lo estoy sintiendo o si simplemente lo estoy pensando. No sé si estoy dentro o fuera. No sé ni cuándo fue, ni quién fui. ¿Acaso importa? ¿Importó alguna vez... ... quien fui? (Tokio, estación de Ueno 7)
Este comienzo reflexivo es, a la vez, un maravilloso juego con los tiempos verbales, que se siente lleno de sentido. No se trata de un capricho... bueno, no quiero decir que en otros textos sea un capricho. Corrijo, pues: No se trata de un lenguaje tan aterrizado en los usos convencionales que nos lleven a asumir la automatización de la correspondencia entre la forma verbal y el orden de los acontecimientos.
El presente comienza como una repetición ("vuelvo a oír")... luego, es una acción en progreso, no terminada en el presente ("Lo estoy oyendo"). Pero el presente es impreciso ("no sé si..."). Esta imprecisión del presente permea toda la novela. Pasamos a una imprecisión en el pasado, en el recuerdo ("no sé ni cuándo fue..."); y esta nos conduce finalmente a una pregunta... no acerca de "¿quién fui?", sino de si realmente importa esto. La concreción del presente y del pasado en la novela, son maneras de fijar esa sensación, ese sonido. Es por este anclaje que el tiempo verbal funciona a lo largo de la novela de una manera que no se siente mecanizada, familiar.
Al aproximarnos hacia el final, esta voz narrativa se vuelve sobre la experiencia misma del tiempo. Kuzo ha planeado hacer algo trascendental para su destino en la línea circular Yamanote, en el metro. Tras un breve y aparentemente intrascendente encuentro con una mujer, Kuzo imagina a esa mujer continuando el cauce de su vida y le alegra que ella no presencie lo que él está por hacer. Entonces reflexiona:
"Aunque el tiempo trace una línea recta entre el ayer, el hoy y el mañana, en la vida realmente no hay un pasado, un presente y un futuro. A cada uno de nosotros nos toca cargar con una cantidad inconmensurable de tiempo, casi insostenible, y con ese peso vivimos, y con ese peso morimos." (Tokio, estación de Ueno 173)
El relato se precipita hacia su final, enfatizando ese peso de todo lo que está por venir alrededor del personaje y el futuro de su nieta. Hay una especie de comunión de almas mezclada con la muy mundana reiteración de sonidos mecánicos de rieles, así como voces en parlantes que anuncian tsunamis y estaciones de metro. Miri consigue una narración donde los tiempos (pasado, presente y futuro) flotan pero no dejan de pesar.
Con esta reflexión en mente, la preciosa novela de Miri me obliga a reconsiderar esa sensación de decepción a la que me referí al comienzo de este blog. Quizás me convenga suspender esa primera impresión alrededor del uso generalizado del presente en la narración (que me parecía que ha ido sustituyendo el juego con los tiempos pasados) y preguntarme por la manera en que esta elección es una manera de cargar los pesos de las experiencias y las ingrávidas anticipaciones de la muerte.
Bogotá, DC
Domingo, 28 de junio de 2026



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